
Con una mochila llena de provisiones y ocho primaveras a cuestas camina Martín, entre la oscuridad diurna de la selva amazónica (era tan abundante la vegetación que el suelo no conocía las caricias del sol).
Tres noches atrás el noticiero anunciaba el descubrimiento de una nueva tribu ubicada en el amazonas. “Alrededor de una decena de nativos fueron fotografiados desde un helicóptero en la selva amazónica cerca del límite con Perú, los indígenas de la región cubiertos sólo con taparrabos y armados con lanzas, arcos y flechas fueron descubiertos producto de una expedición desarrollada por la fundación nacional del indio de Brasil…”, contaba el señor de la tele, pero Martín no siguió escuchando. ¡Si tanto tiempo llevan escondidos es porque algo ocultan!, pensó con ímpetu y se decidió a encontrar un posible tesoro, tal vez un talismán o una extraña fuente ancestral de magia… no lo sabía, pero lo iba a encontrar.
Setenta y dos horas más tarde estaba perdido entre un montón de plantas, pero eso no lo desanimó… con una espada recibida como símbolo de gratitud por un soldado inglés, Martín desgarro, gallardo y decidido, las ramas que le cerraban el camino. Ese acertado movimiento reveló un paradisiaco asentamiento; con una cascada cristalina que acariciaba una montaña adornada de verde musgo y extrañas setas, dejándose caer en una laguna que comparte generosamente con el observador las maravillosas formas y colores que dentro de ella convivían. A su alrededor descansaban pequeñas chozas, rusticas pero acogedoras… Martín se encontró sumergido dentro de tanta belleza, que nunca se preguntó si era la tribu que buscaba, sólo sabía que era un lugar del que no quería alejarse jamás.
Unos momentos después un ruido rompió la paz que lo adormecía, miró a su alrededor pero no había nada, debe haber sido mi imaginación concluyó Martín y fue a refrescarse a la laguna que estaba a pasos de las chozas. Luego de mojarse la nuca y tomar algo de agua se levantó y se encontró rodeado de decenas de hombres armados con lanzas y un extraño atuendo de piel de jaguar. La conmoción fue tal, que sus músculos se paralizaron, no podía pensar con tantos ojos furiosos clavados en el.
¡AAAAHHHHHHH!, gritó uno de ellos marcando el inicio del caos. Todo paso tan rápido, flechas y lanzas se acercaban, las miradas iracundas le calaban el alma. Nunca en sus tantas aventuras Martín se había sentido tan temeroso, tan indefenso, tan vulnerable…
Muchas cosas pasaron por su cabeza; su papá, sus hermanas, su mamá… anhelaba tanto estar con su mamá en vez de aquel lugar que escuchaba su voz, sonaba tan real, casi como si estuviera ahí. Como cuando lo llamaba enojada a tomar once, como cuando el llegaba todo cochino y lo tiraba a la tina ‘pa sacarte la tierra que tení' pega’, decía ella. Sin pensar en lo que venía, Martín abrió los ojos y vió a su mamá, ¡hasta cuando te tengo que llamar niño pajarón, el almuerzo ‘ta listo, se te va a enfriar!
La laguna era la piscina que se estaba llenando en el patio, la choza era la casa de muñecas de su hermana chica, la espada el palo de la escoba y la mochila del colegio llena de frutas y una botella con agua.
¡Esta no la cuento dos veces!, pensó Martín mientras miraba a su mamá yendo a la cocina.
