20/1/10

Cosas que nunca nos quitará el asfalto

El lamento de las hojas de junio al pisarlas bajo un cielo gris. El traqueteo de la lluvia de agosto sobre las tejas, acompañada de un tazón de café. Las pintas rosadas que adornan las ramas aun desnudas de los arboles de septiembre. Los cálidos rayos del sol de enero, que nos brindan la perfecta excusa para admirar la vastedad del mar.

Blues y otras melodías

En una oficina ubicada en Plaza de Armas comienza su encierro diario. El tic tac del reloj, impresoras y teléfonos son parte de la rutina, interrumpida siempre por el recuerdo de su amante. Son las seis y el viaje a casa comienza, lentamente ella se escabulle entre sus pensamientos con su melodiosa voz, esbozando una sonrisa radiante en su rostro. Al llegar a su departamento, con el mundo sobre sus hombros, la ve apoyada en la pared mostrando su silueta curvilínea y atrayente. Las melodías que tarareaba su cuerpo de madera y cuerdas era todo lo que necesitaba. Suspiró aliviado.

ULTIMAMENTE - ISMAEL SERRANO

Últimamente ando algo perdido,
me han vencido viejos fantasmas,
nuevas rutinas.

Y en cada esquina acecha un ratero
para robarme las alhajas, los recuerdos,
las felicidades.

De un tiempo a esta parte
llego siempre tarde
a todas mis citas.

Y la vida me parece una fiesta
a la que nadie
se ha molestado en invitarme.

De un tiempo a esta parte
me cuesta tanto, tanto, tanto, no amarte,
no amarte.

Últimamente ando desconcertado,
así que ponte a salvo, porque en este estado
ando como loco.

Y me enamoro de mujeres comprometidas,
llenas de abrazos,
llenas de mentiras.

De un tiempo a esta parte, a mi amor propio algo le falta,
lo has dejado unos puntos
por debajo del de Kafka.

Y la vida me parece una fiesta
a la que nadie
se ha molestado en invitarme.

De un tiempo a esta parte
me cuesta tanto, tanto, tanto,
me cuesta tanto no amarte.

Últimamente planeo una huida
para rehacer mi vida,
probablemente en Marte.

Seguro que allí no hay nadie empeñado en aconsejarme:
"Ismael, ¿qué te pasa?
No estudias, no trabajas".

Y qué vamos a hacerle,
si es que últimamente ando algo perdido,
si te necesito.

De un tiempo a esta parte
me cuesta tanto, tanto, tanto,
me cuesta tanto no amarte.

Han de venir tiempos mejores,
cometeré más errores, daré menos explicaciones,
y haré nuevas canciones

en las que te cuente cómo, últimamente,
son tan frecuentes tristes amaneceres
ahogando mis finales,

repetidos, cansados,
miserables,
llenos de soledades.

De un tiempo a esta parte
me cuesta tanto, tanto,
me cuesta tanto no amarte.


PUBLICO ESTOS VERSOS, QUE MÁS QUE UNA CANCIÓN CONSTRUYEN UN FIEL RETRATO DE LO QUE SOY AHORA...


17/12/09

Pequeño afán

Si Ud. Presta atención a los tres o cuatro días al año en que la lluvia es copiosa y las calles mal asentadas se transforman en ríos de grueso caudal, podrá observar a la verdadera máquina generadora de energía que mueve nuestra ciudad.

A falta de una palabra o definición más adecuada los llamaremos “pequeños afanosos”, cuya altura exigua no supera los 7 centímetros y medio. Cada uno portador de una herramienta circular y un estilo estrafalario, trabajan sin descanso bajo tierra para alumbrar las calles y los hogares de Santiago.

Nunca he sido testigo directo del trabajo que llevan a cabo bajo nuestros pies, pero mi alma curiosa e indagadora recluta a mi imaginación y me es inevitable desarrollar teorías al respecto. Todo un mundo lleno de túneles subterráneos con cables eléctricos en sus paredes es la idea menos excéntrica que he trazado de un tiempo a esta parte; cada cable con terminaciones circulares, que calzan perfectamente con la única herramienta de nuestros afanosos, es la conexión entre la fuente de imperiosa energía con las centrales que la distribuyen a quienes la requieran. Desconozco la ubicación de esta fuente, sin embargo sostengo firmemente que los afanosos son capaces de portarla en su pequeño cuerpo y traspasarla por medio de la peculiar herramienta que los acompaña.

Volviendo al tema importante de esta misiva prosigo con algunos detalles que usted debe saber en caso que decida visitarnos. Cada afanoso con un gorro puntiagudo y vestido sin seguir ninguna regla de moda, aprovecha la fuerza de los nuevos ríos para recorrer la metrópolis por la superficie. En un pequeño bote caben cinco afanosos, y cinco gorros en punta son apreciables si uno mira con atención, cada uno rema con su inseparable “circulo” en caso que la pendiente no sea pronunciada. No se la razón de este acontecimiento que ocurre unas pocas veces al año, pero si se que muy pocos santiaguinos son consientes de el; culpo al ritmo agitado de la capital que impide ver mas allá del área que cubre el paraguas, o a las mismas personas que dejan que el stress los consuma.

Es por eso, sr forastero, que lo advierto de estar atento, ya que si sus sentidos no están al cien porciento puede perderse de un espectáculo pocas veces visto en Santiago, y casi nunca visto por los santiaguinos.

15/8/09

Coq au vin


Si espiamos por la puerta de la cocina de una casa ubicada en Valparaíso, podremos observar a Natalie, una mujer delgada de unos veinte y nueve años. El horno estaba frente a la ventana que dejaba pasar los rayos rezagados del sol de otoño, y le daban al cielo porteño un hermoso matiz anaranjado, a demás de acentuar los hermosos rasgos de Natalie. Estaba con un vestido negro que insinuaba sus curvas, un peinado recogido y un maquillaje sobrio; en fechas especiales como esta le gustaba sentirse atractiva y con un atuendo propio de Audrey Hepburn más su sonrisa apacible era la más bella del puerto. Sus ojos cafés y almendrados se movían de un lado a otro, buscando ingredientes que caían a la olla; el pollo, cebolla y tocino previamente salteados más vino, coñac, zanahoria, champiñones y laurel que ella mezclaba emanaba al aire un aroma delicado que invita al observador a saborear las virtudes de sus elementos. Mientras Natalie picaba y echaba a la olla, en su mente se entrecruzaba la emoción con el nerviosismo y Eduardo, el día anterior al presente habían tenido una discusión, aún así lo amaba y estaba segura que no rompería la tradición, su amado Eduardo…

Cinco horas antes había estado en la feria, comprando lechuga, tomate, zanahoria, cebolla y muchas verduras para acompañar el “Coq au vin” que le prepararía, era una receta que había encontrado en un libro que estaba en la casa de su mama, el pollo al vino era una comida francesa que prometía ser perfecta para la velada. Hace exactamente tres años que él le pidió que fuera su pareja, y siempre lo celebraban en la casa que tenía el papá de Natalie en Valparaíso, ciudad donde ambos crecieron. El puerto y sus mitos, con sus cerros rodeados de kilómetros de escaleras que para el forastero aparentaban llegar tan alto que podrían acariciar el cielo, historias tan interesantes y hermosas, cada rincón del puerto parece albergar anécdotas (desde divertidas hasta melancólicas) que ameritan un espacio propio para ser contadas como se merecen. En fin, Valparaíso era el escenario perfecto.

A las nueve llegaría Eduardo desde Santiago para comenzar a celebrar, eran las ocho y media y Natalie no ordenaba la mesa todavía, aún tenía que pintarse los labios y poner las velas.

Eran cinco para las nueve y la mesa estaba lista, igual que la comida. Sólo tenía que retocarse y esperar.

Con los labios arrebolados y zapatos en punta ella recorría la casa buscando detalles faltantes, cambiando cosas de lugar, encendiendo velas, buscando copas para el vino que ya estaba en su lugar, y mirando el reloj cada vez que su mente le daba un respiro. Nueve cuarenta y cinco.

Cuando ya no había nada más que cambiar de lugar ni retocar su mirada se clavó en el reloj del comedor. A las diez y media comenzó a ponerse nerviosa, iba a tener que recalentar la comida que tanto le costo preparar. No quería estar enojada cuando Eduardo llegara, así que puso un cd de Yann Tiersen en la radio, abrió la botella de vino y se sentó en el borde de la ventana esperando que un par de luces aparecieran en la oscuridad, seguidas de una silueta delgada que tanto conocía.

Mientras indagaba en la noche sombría recordaba la pelea del día anterior, el único comentario sobre la cena de esta noche fue un endeble “te espero a las nueve”, que no había tenido más respuesta que un gruñido interpretado como un si. Lo más probable es que el nunca haya pensado en ir a la casa de Natalie, y en este momento estuviera con la causa de sus discusiones. En ese momento se le cayó el mundo encima, un montón de teorías nacían en su cabeza y todas apuntaban a lo mismo, Eduardo la había dejado.

Cuando el cd de había repetido tres veces y con “Mouvement Introductif” de fondo, Natalie estaba dormida en el sillón que daba a la ventana, con la copa de vino en el suelo y el rostro marcado por lágrimas. En algún momento mientras sonaba la música, una noticia era recitada por un locutor del dial:

“Metros después del túnel Lo Prado un accidente deja a un herido de gravedad que fue trasladado rápidamente al hospital Dr. Gustavo Fricke de Viña del Mar. El conductor aun no ha sido identificado ya que sus documentos no han sido rescatados del Nissan V16 en el que viajaba a exceso de velocidad…”

Lo único que Natalie besó aquella noche fue la copa de vino, mientras el Coq au vin reposaba frio en la mesa y su foto se quemaba dentro de la billetera de Eduardo, en un V16 volcado en la carretera tras un fallido viaje a Valparaíso.


11/8/09

Subsuelo y sus alrededores


Últimamente me e ido hundiendo en un pozo oscuro, estoy acorralada por una pared infinita, miro hacia arriba y la luz es un círculo que día a día se hace más pequeño y por mas que trato de acariciarlo me es inalcanzable…

El sonido del agua y su eco, el chapoteo a pies descalzos, tantas sensaciones únicas que disfrutaba en mi infancia son ahora indicios de mi prematuro marchitamiento. El agua sube por mis piernas mientras el frío me estremece. Poco a poco llega a la altura del cuello y las paredes del pozo se elevan hasta el cielo, la desesperación es casi intolerable, por más que trato de ver el exterior sólo logro apreciar un punto brillante al final. Mientras más trato de alcanzarlo, más sube el agua por mi cuerpo, por favor toma mi mano y sácame de aquí, no dejes que me ahogue en este lugar frío y solitario. Muéstrame el cielo, que ya olvide su color; muéstrame las nubes, que ya olvide su forma; muéstrame el pasto, que ya olvide su color. No necesito comprensión ni empatía, sólo tu mano que me tome con fuerza la mía y me alce hasta tu regazo.

6/8/09

14 de noviembre de 1954

Pedro Reyes llegó a Santiago a los quince años, cuando el estadio nacional esperaba a jugadores de futbol de todo el mundo. Un tiempo después conoció a Ester y nacieron Camila, Omar y José. Actualmente Pedro trabaja en una importante empresa ubicada en Las Condes, todas las mañanas es el primero en llegar al edificio, ya que tiene que abrir la puerta y limpiar cada oficina… su sueldo no era el mejor, pero con su esposa, hijos y nietos era feliz.

Como todos los santiaguinos que deben llegar temprano a trabajar, Pedro tenia que ganar la disputa que lo compensaba con un lugar digno en el vagón del metro que salía de la estación Plaza Puente Alto. Luego de un viaje apretado, unas cuantas combinaciones y una que otra señora atropelladora (actitud habitual en las que pelean por un asiento para su posadera), Pedro llegaba a Escuela militar para por fin empezar a trabajar.

Un día, cuando se bajaba casi a presión del metro, sintió un impulso extraño que lo hizo mirar hacia atrás, se encontró con las puertas del vagón cerrándose frente a un montón de personas cuyas miradas estaban llenas de pena, muchas de ellas ausentes y frías, como si ese fuera un carro con destino al infierno. Eran las mismas expresiones que recordaba de los mineros de Lota (su ciudad de origen). El súbito recuerdo paralizó todo lo que estaba a su alrededor; no había metro sino ascensor, no había santiaguinos sino mineros, no era Pedro Reyes sino Pedrito (de 8 años, y en una ciudad cubierta por el hambre y la injusticia). Hacía mucho tiempo que no recordaba esos momentos ni sentía la desolación de aquel entonces.

Viajó en el tiempo al día 14 de noviembre, de hace cincuenta y cinco años atrás. Ese día el desayuno había sido una taza de té puro y media marraqueta sola (sólo para los niños cuando el ingreso no era suficiente, o sea casi siempre). Cuando su papá salió a trabajar Pedrito lo siguió a escondidas, quería una excusa para no ir a la escuela y acompañar a su papá al trabajo era una buena, le dijo su mente inocente. Escondido detrás de unos escombros veía a los mineros bajar para sacar carbón, pero dentro del ascensor había una mirada especial, era la de su papá en su último día de trabajo.

Estuvo escondido durante horas, esperandolo para mostrarle las piedras que había encontrado, eran planas y ovaladas, de las que sirven para hacer “sapitos”. Pedrito acostumbraba a ir con su papá a una laguna cercana el único día libre a la semana, que sagradamente Omar reservaba para disfrutar con su hijo. Se encontraba distraído pensando en las aventuras que vivirían en dos días más, cuando de un momento a otro vio al pueblo entero corriendo intimidado por la nube de polvo que enceguecía a la multitud. Una explosión avivó el caos, y las personas corrían en todas direcciones buscando a esposos, hermanos, tíos e hijos. Pedrito buscaba llorando a su papa, pero no lo encontraba. Por un momento vislumbró a su mamá, gritando desesperada el nombre de su esposo. Siguió buscando, pero todo lo veía era polvo y consternación. Así pasaron treinta y dos minutos y medio, en ese segundo sintió que la cabeza le dio vueltas y el estómago cayó hasta más abajo del suelo. La imagen de su padre tirado en el suelo con una herida fatídica en el cuerpo, los lamentos de su madre y las demás mujeres del lugar; su única reacción fue correr hasta que no hubiera camino que recorrer. No más sapitos en la laguna, no más cuentos antes de dormir, nunca más estaría con su héroe. Los pasos de Pedrito sonaban secos en el camino y los recuerdos se iban borrando, cada paso borraba algún indicio del padre admirable que alguna vez tuvo...

Hasta el catorce de noviembre del presente, día en que su padre volvió a la vida trayendo con él todos los recuerdos ya olvidados, y dejando a Pedro Reyes con la sensación de que la deuda estaba saldada y que todo el tiempo que se negó a recordarlo fue compensado en sólo un instante, en el lugar menos esperado y en el momento preciso.

A medida que el tren se alejaba del anden nuestro protagonista se fue a trabajar, como todos los días desde hace diez años, con la única diferencia que su padre iría con el por siempre.