Pedro Reyes llegó a Santiago a los quince años, cuando el estadio nacional esperaba a jugadores de futbol de todo el mundo. Un tiempo después conoció a Ester y nacieron Camila, Omar y José. Actualmente Pedro trabaja en una importante empresa ubicada en Las Condes, todas las mañanas es el primero en llegar al edificio, ya que tiene que abrir la puerta y limpiar cada oficina… su sueldo no era el mejor, pero con su esposa, hijos y nietos era feliz.
Como todos los santiaguinos que deben llegar temprano a trabajar, Pedro tenia que ganar la disputa que lo compensaba con un lugar digno en el vagón del metro que salía de la estación Plaza Puente Alto. Luego de un viaje apretado, unas cuantas combinaciones y una que otra señora atropelladora (actitud habitual en las que pelean por un asiento para su posadera), Pedro llegaba a Escuela militar para por fin empezar a trabajar.
Un día, cuando se bajaba casi a presión del metro, sintió un impulso extraño que lo hizo mirar hacia atrás, se encontró con las puertas del vagón cerrándose frente a un montón de personas cuyas miradas estaban llenas de pena, muchas de ellas ausentes y frías, como si ese fuera un carro con destino al infierno. Eran las mismas expresiones que recordaba de los mineros de Lota (su ciudad de origen). El súbito recuerdo paralizó todo lo que estaba a su alrededor; no había metro sino ascensor, no había santiaguinos sino mineros, no era Pedro Reyes sino Pedrito (de 8 años, y en una ciudad cubierta por el hambre y la injusticia). Hacía mucho tiempo que no recordaba esos momentos ni sentía la desolación de aquel entonces.
Viajó en el tiempo al día 14 de noviembre, de hace cincuenta y cinco años atrás. Ese día el desayuno había sido una taza de té puro y media marraqueta sola (sólo para los niños cuando el ingreso no era suficiente, o sea casi siempre). Cuando su papá salió a trabajar Pedrito lo siguió a escondidas, quería una excusa para no ir a la escuela y acompañar a su papá al trabajo era una buena, le dijo su mente inocente. Escondido detrás de unos escombros veía a los mineros bajar para sacar carbón, pero dentro del ascensor había una mirada especial, era la de su papá en su último día de trabajo.
Estuvo escondido durante horas, esperandolo para mostrarle las piedras que había encontrado, eran planas y ovaladas, de las que sirven para hacer “sapitos”. Pedrito acostumbraba a ir con su papá a una laguna cercana el único día libre a la semana, que sagradamente Omar reservaba para disfrutar con su hijo. Se encontraba distraído pensando en las aventuras que vivirían en dos días más, cuando de un momento a otro vio al pueblo entero corriendo intimidado por la nube de polvo que enceguecía a la multitud. Una explosión avivó el caos, y las personas corrían en todas direcciones buscando a esposos, hermanos, tíos e hijos. Pedrito buscaba llorando a su papa, pero no lo encontraba. Por un momento vislumbró a su mamá, gritando desesperada el nombre de su esposo. Siguió buscando, pero todo lo veía era polvo y consternación. Así pasaron treinta y dos minutos y medio, en ese segundo sintió que la cabeza le dio vueltas y el estómago cayó hasta más abajo del suelo. La imagen de su padre tirado en el suelo con una herida fatídica en el cuerpo, los lamentos de su madre y las demás mujeres del lugar; su única reacción fue correr hasta que no hubiera camino que recorrer. No más sapitos en la laguna, no más cuentos antes de dormir, nunca más estaría con su héroe. Los pasos de Pedrito sonaban secos en el camino y los recuerdos se iban borrando, cada paso borraba algún indicio del padre admirable que alguna vez tuvo...
Hasta el catorce de noviembre del presente, día en que su padre volvió a la vida trayendo con él todos los recuerdos ya olvidados, y dejando a Pedro Reyes con la sensación de que la deuda estaba saldada y que todo el tiempo que se negó a recordarlo fue compensado en sólo un instante, en el lugar menos esperado y en el momento preciso.
A medida que el tren se alejaba del anden nuestro protagonista se fue a trabajar, como todos los días desde hace diez años, con la única diferencia que su padre iría con el por siempre.