Si espiamos por la puerta de la cocina de una casa ubicada en Valparaíso, podremos observar a Natalie, una mujer delgada de unos veinte y nueve años. El horno estaba frente a la ventana que dejaba pasar los rayos rezagados del sol de otoño, y le daban al cielo porteño un hermoso matiz anaranjado, a demás de acentuar los hermosos rasgos de Natalie. Estaba con un vestido negro que insinuaba sus curvas, un peinado recogido y un maquillaje sobrio; en fechas especiales como esta le gustaba sentirse atractiva y con un atuendo propio de Audrey Hepburn más su sonrisa apacible era la más bella del puerto. Sus ojos cafés y almendrados se movían de un lado a otro, buscando ingredientes que caían a la olla; el pollo, cebolla y tocino previamente salteados más vino, coñac, zanahoria, champiñones y laurel que ella mezclaba emanaba al aire un aroma delicado que invita al observador a saborear las virtudes de sus elementos. Mientras Natalie picaba y echaba a la olla, en su mente se entrecruzaba la emoción con el nerviosismo y Eduardo, el día anterior al presente habían tenido una discusión, aún así lo amaba y estaba segura que no rompería la tradición, su amado Eduardo…
Cinco horas antes había estado en la feria, comprando lechuga, tomate, zanahoria, cebolla y muchas verduras para acompañar el “Coq au vin” que le prepararía, era una receta que había encontrado en un libro que estaba en la casa de su mama, el pollo al vino era una comida francesa que prometía ser perfecta para la velada. Hace exactamente tres años que él le pidió que fuera su pareja, y siempre lo celebraban en la casa que tenía el papá de Natalie en Valparaíso, ciudad donde ambos crecieron. El puerto y sus mitos, con sus cerros rodeados de kilómetros de escaleras que para el forastero aparentaban llegar tan alto que podrían acariciar el cielo, historias tan interesantes y hermosas, cada rincón del puerto parece albergar anécdotas (desde divertidas hasta melancólicas) que ameritan un espacio propio para ser contadas como se merecen. En fin, Valparaíso era el escenario perfecto.
A las nueve llegaría Eduardo desde Santiago para comenzar a celebrar, eran las ocho y media y Natalie no ordenaba la mesa todavía, aún tenía que pintarse los labios y poner las velas.
Eran cinco para las nueve y la mesa estaba lista, igual que la comida. Sólo tenía que retocarse y esperar.
Con los labios arrebolados y zapatos en punta ella recorría la casa buscando detalles faltantes, cambiando cosas de lugar, encendiendo velas, buscando copas para el vino que ya estaba en su lugar, y mirando el reloj cada vez que su mente le daba un respiro. Nueve cuarenta y cinco.
Cuando ya no había nada más que cambiar de lugar ni retocar su mirada se clavó en el reloj del comedor. A las diez y media comenzó a ponerse nerviosa, iba a tener que recalentar la comida que tanto le costo preparar. No quería estar enojada cuando Eduardo llegara, así que puso un cd de Yann Tiersen en la radio, abrió la botella de vino y se sentó en el borde de la ventana esperando que un par de luces aparecieran en la oscuridad, seguidas de una silueta delgada que tanto conocía.
Mientras indagaba en la noche sombría recordaba la pelea del día anterior, el único comentario sobre la cena de esta noche fue un endeble “te espero a las nueve”, que no había tenido más respuesta que un gruñido interpretado como un si. Lo más probable es que el nunca haya pensado en ir a la casa de Natalie, y en este momento estuviera con la causa de sus discusiones. En ese momento se le cayó el mundo encima, un montón de teorías nacían en su cabeza y todas apuntaban a lo mismo, Eduardo la había dejado.
Cuando el cd de había repetido tres veces y con “Mouvement Introductif” de fondo, Natalie estaba dormida en el sillón que daba a la ventana, con la copa de vino en el suelo y el rostro marcado por lágrimas. En algún momento mientras sonaba la música, una noticia era recitada por un locutor del dial:
“Metros después del túnel Lo Prado un accidente deja a un herido de gravedad que fue trasladado rápidamente al hospital Dr. Gustavo Fricke de Viña del Mar. El conductor aun no ha sido identificado ya que sus documentos no han sido rescatados del Nissan V16 en el que viajaba a exceso de velocidad…”
Lo único que Natalie besó aquella noche fue la copa de vino, mientras el Coq au vin reposaba frio en la mesa y su foto se quemaba dentro de la billetera de Eduardo, en un V16 volcado en la carretera tras un fallido viaje a Valparaíso.

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